La crisis está poniendo muchas cosas en su sitio, también a las políticas de participación. La participación ciudadana ha tenido una notable presencia en el discurso políticamente correcto de los últimos tiempos, pero la nueva y dramática situación que estamos viviendo lanza contundentes interrogantes sobre su continuidad y su pertinencia. Con la que está cayendo, ¿tiene sentido destinar unos recursos cada vez más escasos a favorecer iniciativas tan “intangibles” como la participación ciudadana? La participación sería una “frivolidad” apta para sociedades ricas, pero ¿nos la podemos seguir pagando cuando empezamos a reconocer que buena parte de nuestra riqueza era un espejismo? Si hemos de recortar gastos, ¿no parecería lógico pasar la tijera a “lujos” como la participación ciudadana?