La malaria mata a 800.000 personas al año, la mayoría menores de cinco años. La lucha contra la enfermedad, transmitida por mosquitos, es compleja: la vacuna está por llegar, el uso de mosquiteras no es universal, los medicamentos son caros, y el mosquito se hace resistente a los pesticidas. El uso de uno de ellos, el DDT, en la lucha contra este mal va a ser revisado en la conferencia de los países parte del Convenio de Estocolmo -que se inaugura hoy, día de la malaria-. Mientras se analiza, aumentan las voces que abogan por el control ecológico de poblaciones de mosquitos, y alertan de la ineficacia de ese químico, que definen como un producto peligroso para la salud y el medio ambiente. Un instrumento que precisa costosos controles para verificar su buen uso, que los países aún no tienen.
La palabra es erradicar. Ya no se trata de reducir al máximo los efectos de la malaria. Según el investigador Pedro Alonso, que ensaya en África una prometedora vacuna, "hay una diferencia entre erradicar e interrumpir la transmisión de la enfermedad". Y la erradicación, un "cambio de paradigma", en palabras de Alonso, no será rápida ni barata: costará 6.000 millones de dólares al año (4.400 millones de euros) frente a los 1.200 que se invierten ahora y medio siglo más de batalla contra este mal, endémico en 106 países y que mata a cerca de un millón de personas al año (718.000 en 2009).