Los niños respiran más rápidamente que los adultos. Proporcionalmente, sus pulmones inhalan tres veces más aire que un adulto. Además, el hecho de que estén en fase de crecimiento hace que las agresiones que sufren –al respirar las partículas que se quedan en sus pulmones o el alquitrán del tabaco que destruye los alveolos– tengan un mayor impacto.