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  viernes, 25 de julio de 2008
inicio : especiales : consumo responsable


Isidro Jiménez
ConsumeHastaMorir, Ecologistas en Acción
 
 

 


RAZONES PARA VIVIR,
AHORA EN LOS ESTANTES DEL SUPER

 

A toda página en una revista, la imagen muestra una chica con el secador eléctrico en la mano y el suelo de la habitación tomado por plantas: “Cada vez que uses el secador, un prado se llenará de flores”, dice el eslogan de este anuncio de Iberdrola. A un grupo de alumnos y alumnas de secundaria, con los que estamos haciendo un taller, les toca analizarlo. Probablemente, pocas veces antes hayan tenido que reflexionar sobre un anuncio y según pasan los minutos, el eslogan parece más ridículo. “Yo creo que miente”, concluye tímidamente uno.

¿Cómo es posible que nos hayamos acostumbrado a identificar a las grandes compañías eléctricas con lo ecológico cuando en realidad los impactos ambientales que producen son cada vez mayores?

Lo que no dice el anuncio del nuevo producto “Energía verde” de Iberdrola es, por ejemplo, que sigue siendo la compañía española que más energía nuclear produce. En Chile, las severas restricciones de abastecimiento energético han generado un debate sobre la polémica construcción de nuevas centrales hidroeléctricas, dadas sus secuelas ambientales y sociales. Mientras, la filial de Endesa en el país, Chilectra, difunde un anuncio con un joven rodeado de multitud de lámparas encendidas: “Ahora podrás encenderlas todas al mismo tiempo”, asegura. La imagen de la empresa globalizada se adapta a cada mercado, es capaz de pasar por austera en los países más concienciados a la vez que anima a despilfarrar en aquellos en los que está creciendo la demanda.

La publicidad, única forma de comunicación verdaderamente rentable, dejó de ser una anécdota en el intermedio de cualquier película televisada y ahora se hace imprescindible para mantener la emisión de programas y series de televisión; antes era un subproducto comercial, ahora es un protagonista más de los contenidos televisados y el motivo de lujosos festivales al estilo Hollywood. Ahora que la publicidad también está disponible en colecciones de DVD en tu kiosko más cercano y es capaz de crear eventos, festivales y películas, de eliminar revistas y programas de radio o de censurar noticiarios, parece que ya no está tan sólo interesada en vender productos.

Desde la industrialización y con la llegada de un gran mercado de productos y técnicas avanzadas de fabricación, la publicidad adoptó un papel central en la estimulación del consumo. La competencia entre anunciantes por hacer más eficaces sus mensajes comerciales, intentando distinguirse del resto, disimula la sorprendente homogeneidad ideológica que une a todos los anuncios. Los códigos éticos, usos y costumbres, modas y modelos que uno tras otro los anuncios transmiten, conforman en definitiva todo un imaginario social, un espejo que refleja una imagen con rasgos comerciales de lo que somos o debemos llegar a ser.

Ese sistema de representaciones funciona como una lente convexa, exagerando lo que los productos anunciados pueden ofrecernos a la vez que se ponen de manifiesto nuestras carencias. La repetición constante de estas pautas, institucionalizadas a través del lenguaje comercial y sus métodos de difusión, termina construyendo una imagen deformada de nuestras necesidades y del papel del consumo, el camino con el que parece que siempre debemos satisfacerlas.

En este proceso se genera una inevitable culpabilización del consumidor, que por definición no puede alcanzar los modelos que la publicidad presenta. La homogeneidad de las cocinas, los coches y la ropa de la publicidad es además dinámica, cambiante en cada etapa comercial, gracias a las modas y su aplicación a cualquier objeto de consumo (incluida la alimentación, la salud o las relaciones afectivas).

La lente convexa de las multinacionales proyecta una imagen preparada minuciosamente, por un lado idolatrando el poder de la empresa globalizada (su presencia internacional, su capacidad de emplear multitud de trabajadores…); por otro, insistiendo en la cercanía al cliente, supuestamente concebida para satisfacer las necesidades específicas de cada uno de ellos.

Así que el resultado es un conjunto de técnicas comunicativas apoyadas en minuciosos estudios sociológicos y psicológicos, que delimita cada segmento social de consumidores y que se extiende hasta cubrir el más mínimo detalle del acto de consumo. Por ello, la publicidad actual no entiende de ideologías, se hace homófoba cuando hace falta o feminista convencida si viene a cuento. Y sobre todo, la publicidad actual ya no se conforma sólo con vender productos. Se ha adaptado, una vez más, a las necesidades de las grandes empresas que recurren a ella, y les ha ofrecido como resultado la logotecnia, un conjunto de técnicas de marketing y publicidad especializadas en hacer irrelevantes a los productos cuando están firmados por la marca adecuada.

Explica Naomi Klein, en su obra No Logo, que la fabricación de productos es hoy un proceso engorroso que las empresas intentan en lo posible subcontratar y externalizar para evitar gastos y esfuerzos. Los países del Sur, y sobre todo algunas zonas de gran actividad productiva, como Honk Kong, México, China o Indonesia, son el agente productivo ideal: mano de obra barata y desregulada, materia prima y energía a precios sin competencia. Así, muchas empresas prefieren dedicar casi todos sus esfuerzos a crear la marca, más rentable en esta edad de la imagen.

La publicidad de la época “Logo” abandonó todo resquicio de función informativa y se ha especializando en la comunicación emocional. Sólo así es posible que multitud de jóvenes se tatúen el logo de Nike en su cuerpo, que la competencia entre Coca-cola y Pepsi en EEUU de origen a apasionadas discusiones entre sus seguidores o que las empresas de hidrocarburos pasen por ser el símbolo del ecologismo. El lenguaje audiovisual ofrece sobradas herramientas para hacernos sentir simpatía, admiración o adoración por una marca y todo lo que ésta se ha esforzado en representar. La multinacional extiende gracias al libre tránsito del mercado (que no de las personas) su imagen, aprovechando este lenguaje de alto contenido emocional que pide un compromiso con el cliente más allá de la compra diaria. Decía Phil Knight, presidente de Nike, que durante años su empresa había creído “ser una empresa productora”, así que “dedicaba todo su esfuerzo a diseñar y a fabricar productos”. Pero que ahora han comprendido el papel de su empresa y sus productos ya no son la satisfacción de una demanda, son el “instrumento más poderoso de marketing” ( Citado en “NO LOGO”, Naomi Klein. Paidós 2001) .

Y sin duda, es rentable tanto lavado de imagen, porque el consumidor crítico selecciona los productos que consume atendiendo también a la calidad, el origen, el modo de producción... mientras, el cliente fiel a la marca, sencillamente compra. La multinacional quiere dejar de ser una empresa de productos y se ha especializado en los afectos, anhelos y pasiones humanas. Al fin y al cabo, son los principales valedores de un sistema de consumo que intenta dar respuesta a través del mercado de bienes a buena parte de los clásicos interrogantes humanos. La empresa sentimental defiende en cada anuncio publicitario que nos ha llenado los estantes del supermercado con razones para vivir.


 
             
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