En esta sociedad en la que priman los bienes materiales y en la que la forma de llegar a fin de mes es ahorrando en la cesta de la compra, entendiéndose como cesta de la compra todo lo relacionado con la alimentación. Ha pasado a segundo plano la importancia de consumir productos ligados a la tierra, de temporada y de alta calidad nutritiva (somos lo que comemos), dejándonos atrapar por una alimentación “basura” y deslocalizada de nuestro territorio y de nuestra cultura. No sólo las fronteras y el idioma identifican a los pueblos, lo que realmente identifica a las gentes es el entorno en el que viven y en el que conviven y se alimentan.
El patrimonio de un pueblo es su riqueza cultural, en la que se engloban muchas cosas, siendo una de ellas la alimentación y la agricultura ligada a ella.
La agricultura, de la mano de los agricultores, ha ido modelando nuestros paisajes, muchos de los cuales vieron incrementada su biodiversidad gracias al mosaico de hábitat de los diversos cultivos. Hoy en día la agricultura convencional o intensiva ha reducido esa biodiversidad, ya que se ha pasado de pequeñas superficies con una elevada variabilidad de especies vegetales a latifundios de monocultivos. Debido a la sobreexplotación del medio rural y a la fiebre de la productividad, los/as agricultores/as, aconsejados por las casas de agroquímicos y por una Política Agraria Comunitaria que prima la superficie y la productividad en detrimento de la calidad, se han visto sumergidos en una intensificación basada en el uso de herbicidas, pesticidas, biocídas y transgénicos. Como consecuencia de esa “desprofesionalización” del campo, ya que en vez de prevenir las posibles plagas con medidas culturales -lo fácil y lo que da dinero es aportar venenos químicos- hemos puesto en peligro muchos hábitat, y como consecuencia a los hospedadores de los mismos.
Los consumidores y consumidoras hemos permitido, de la mano de los/as agricultores/as, esta transformación de nuestro territorio y de nuestras costumbres alimentarías. El consumidor/a es una de las piezas clave para cambiar este tipo de alimentación, ya que un consumo responsable “obliga” a los agricultores/as y a las industrias agroalimentarias a cubrir las demandas de los consumidores.
Gracias a la demanda e inquietud de estos “nació” la Agricultura Ecológica , la cual prohíbe el uso de productos químicos de síntesis y de organismos modificados genéticamente (transgénicos) para la obtención de alimentos. La Agricultura Ecológica trabaja conjuntamente con los ecosistemas en lugar de querer dominarlos. El suelo es un elemento vivo que hay que conservarlo y alimentarlo, no se utiliza el suelo como soporte físico donde se agarran las plantas, como en el caso de la agricultura convencional. ¿Por qué hipotecar el desarrollo de las generaciones futuras?.
Con el consumo de productos procedentes de la Agricultura Ecológica se favorecen la fertilidad natural de la tierra, evitando todo tipo de contaminación que pueda derivarse de las prácticas agrarias, librando a la tierra de la sobreexplotación (a través de los monocultivos) y contaminación indiscriminada por el uso de insecticidas y abonos químicos. Potenciando la sostenibilidad de los sistemas cerrados, en base a los recursos locales, minimizando el gasto de recursos energéticos no renovables. Por ello, la cercanía y una relación directa entre los/as consumidores/as y los/as productores/as es fundamental. De esta manera se facilita la autonomía productiva familiar ligada a la tierra y la transformación de productos con métodos artesanos, sin depender de las grandes empresas de suministros (semillas y fitosanitarios) y de comercialización.
No debemos olvidarnos de las drásticas consecuencias provocadas a los países del “Tercer Mundo” por la imposición de cultivos masivos e indiscriminados (soja, maíz, café, caña de azúcar, algodón, tabaco, etc.) para el abastecimiento de las demandas agroalimentarias de la población y del ganado del “Primer Mundo”, contribuyendo a desequilibrar su propia economía interna y a perder su soberanía alimentaría para poder hacer frente a sus necesidades primarias.
Los recursos genéticos forman parte de la diversidad biológica, conocida como biodiversidad. La biodiversidad es también cultura, sistemas productivos, relaciones humanas y económicas. En la actualidad nos enfrentamos a enormes presiones que pretenden imponer la uniformidad en vez de la diversidad, uniformidad tanto biológica como cultural. Un claro ejemplo es la perdida de especies vegetales cultivadas para la alimentación humana, hemos pasado de cultivar entre 20.000 y 50.000 especies a unas 200 en la actualidad.
Afortunadamente, una parte de los/as consumidores/as se preocupa cada vez más por lo que come y se han dado cuenta de que una cosa tan rutinaria como llenar la nevera puede influir en su salud y en el mantenimiento de estructuras rurales acordes con el desarrollo rural y con el mantenimiento de nuestros recursos naturales, ya sea por la recuperación de especies autóctonas o por la no aniquilación mediante venenos químicos o transgénicos de nuestro patrimonio alimentario, base de nuestro patrimonio cultural.
¿Alguien se imagina un arco iris en blanco y negro? En la biodiversidad esta nuestra riqueza y de ella depende nuestra salud y la del planeta.
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