| LA PARTICIPACIÓN EN TIEMPOS DE CÓLERA |
| Viernes 30 de Julio de 2010 |
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La participación en tiempos de bonanza generó determinadas inercias y se convirtió en lo que algunos llamaban la “fiesta” de la democracia. Hoy, en cambio, debemos recuperar algunas de las características que la participación nunca debió perder y que la convierten en un ejercicio doloroso de debate sobre nuestros conflictos y sobre las capacidades siempre limitadas para hacerlas frente. Parafraseando a García Márquez, hemos de situar la participación en tiempos de cólera. Para justificar esta posición debemos, brevemente, responder a dos interrogantes: ¿por qué necesitamos más participación en tiempos de crisis? y ¿qué significa, en tiempos de cólera, la participación ciudadana? Para responder a la primera pregunta hemos de convenir en dos afirmaciones. Por un lado, recordar que la política y la democracia nacen para abordar los conflictos que, de forma natural, afectan a la vida en comunidad. Resolver los conflictos colectivos y construir proyectos comunes de futuro genera tensiones y legítimas diferencias, las cuales pueden resolverse a través de la guerra y el enfrentamiento o, del ejercicio de la política. Añadirle el adjetivo democrática supone aceptar que la resolución pacífica de los conflictos se canaliza a través del diálogo. Aceptado este punto de partida, en segundo lugar, no podemos negar que en un período de crisis los conflictos se intensifican y las tensiones entre los legítimos intereses de unos y otros se multiplican. En esta situación, para evitar los enfrentamientos y para canalizar pacíficamente su resolución, no necesitamos menos política sino más política, no necesitamos menos democracia sino más democracia. Hoy, en definitiva, el diálogo y la participación ciudadana no son un “lujo” ni una meras “dinámicas de grupo” si queremos mantener nuestra capacidad de construir, pacíficamente, proyectos colectivos. En segundo lugar, es cierto que no debemos limitarnos a reivindicar la participación ciudadana, sino que también hemos de reinventarla. La participación ciudadana en épocas de bonanza se convirtió en una forma de escuchar a la ciudadanía y de responder afirmativamente a sus demandas. La “fiesta” de la democracia consistía en un ejercicio de corte “clientelar”, en el cuál las instituciones públicas se comportaban como centros comerciales. “El cliente siempre tiene razón” y, en consecuencia, los procesos de participación no podían –ni querían- negar nada a sus “ciudadanos – clientes”. Este enfoque ha tenido dos perversiones que hoy son insostenibles. Por un lado, ha generado un espiral de demandas inasumibles en épocas de vacas flacas. Por otro lado, ha generado también una ciudadanía habituada a ver satisfechas todas sus expectativas y que, por lo tanto, no entiende ahora que los intereses deban equilibrarse, que no todo es posible. La revisión de la participación ciudadana pasa, pues, por reconocer que no es ni una fiesta ni el mostrador de un centro comercial. La participación ciudadana consiste, más bien, en un diálogo “doloroso” a través del cuál hemos de tomar decisiones también “dolorosas”. Hemos de reconocer los legítimos conflictos, la limitación de nuestros recursos y la necesidad de priorizarlos a través de una política democráticamente reforzada. En tiempos de cólera las decisiones colectivas se tornan más difíciles y, por lo tanto, más necesitadas de legitimidad. La participación ciudadana puede aportar esta legitimidad, siempre y cuando evite tentaciones clientelares y reconozca que su papel consiste en poner límites, en explicar las razones, sin caer en espirales de promesas infinitas. Si abordamos este camino no sólo mejoraremos la legitimidad democrática de nuestras instituciones, preparándolas para abordar tiempos difíciles, sino que también, quizá más importante, facilitaremos la aparición de ciudadanos maduros. Ciudadanos capaces de entender que no todo es posible, que sus legítimos intereses deben equilibrarse con los intereses también legítimos de los otros. Será doloroso, pero cada día que pasa me parece más imprescindible.
del Gobierno de Aragón |