Cuando un incendio se apaga
Lunes 03 de Agosto de 2009
Carmelo Marcén, Publicado en Heraldo de Aragón, 03/08/2009 El verano es tiempo propicio para que se produzcan incendios que saltan a los medios de comunicación teñidos de destrucción, muertes, solidaridad y frustración. Estos sucesos representan siempre una de las mayores agresiones ambientales al entorno natural y social. Cuando el último rescoldo deja de arder es el momento de hacer balance. Se comienza por cuantificar los daños en personas (casi 100 muertos y 700 heridos en el periodo 1995-2008 en España según el INE), de contar los recursos económicos destruidos (más de 500 millones de € al año) o las hectáreas de bosque quemadas (125.000 ha de media anual, unas 20.000 en Aragón en la década pasada). Tremendas cifras que se van a ver desbordadas este verano. Pero quedan otros muchos rastros intangibles que el tiempo y la lejanía hacen olvidar pronto. Después de cada incendio surgen tragedias individuales y quebrantos colectivos. Solamente quienes han perdido a sus seres queridos los lloran mientras los lugareños lamentan la desaparición de sus entornos. Pocos reparan en el papel regulador de esos espacios naturales arruinados o en la emisión de toneladas de partículas contaminantes a la atmósfera. La proximidad territorial y afectiva sirve para valorar las molestias sufridas pues se sienten de manera diferente si ocurren en nuestro pueblo o nos afectan personalmente. El tiempo atempera las desgracias y minimiza la percepción del riesgo, con lo cual la actuación individual y la gestión del territorio se modifican poco. Tarde o temprano se repiten escenas similares de destrucción por el fuego, nuestro clima las favorece.
La sensación de peligro tras un incendio provoca irritación social. Los ciudadanos y las autoridades intentan encontrar a los individuos o fenómenos naturales que están en el origen de los fuegos. La intencionalidad o el descuido alcanzan los mayores porcentajes. Sirven para componer titulares en los medios de comunicación, junto con detalles anecdóticos, pero enseguida se desvanece la atención. ¿Por qué se hace tan poco caso?
Es posible que la consideración del territorio como un recurso que usamos todos, pero del cual no tenemos la titularidad individual, nos aleje de una actitud beligerante para su conservación; acaso la nula participación que la sociedad civil realiza en la gestión de los espacios públicos también esté en el origen de la desafección.
Una parte de los incendios son evitables pero para ello son necesarios planes de acción. Deben organizarse en torno a estrategias que pongan en valor la múltiple función de un bosque (social, económica y ecológica). La legislación actualizada, la perfecta organización de recursos humanos, la limpieza y tala selectiva durante todo el año, la utilización de los mejores equipos materiales y tecnológicos para la extinción, la contratación de personal especializado y una actualización en su formación, son aspectos básicos para minimizar los efectos; los gestores del medio natural lo saben. Pero también conocen que se precisa la formalización de una cultura social diferente y a esta tarea han de dedicar muchos esfuerzos porque han avanzado poco. Parece que la percepción del riesgo ayuda a matizar las acciones individuales y las normas colectivas; el principio de precaución por la repetición de los daños obliga a cualquiera a prevenirlos y tratar de minimizarlos, y a las administraciones a preparar respuestas inmediatas a cualquier contingencia. Sobre estas dos ideas se podrían construir planes de actuación con intención educativa, con estrategias variadas para la gestión y con momentos de valoración de los proyectos y de los cambios actitudinales.
Tras los incendios hay que invertir en planes de restauración para la regeneración del espacio y la potenciación socioeconómica de un lugar. La restitución de una serie de valores ecológicos debe quedar como la marca de identidad de una cultura social que otorga un papel principal a la interrelación entre las personas y el territorio.
Ya Antonio Machado se lamentaba hace 100 años en "Por tierras de España" de que el hombre que había incendiado pinares, talado encinares y robledales, aguardando sus despojos, se vio obligado a huir de su tierra convertida en páramos o a sufrir trabajando. Debemos repensar esa visión y evitar que se amplifiquen los ejemplos que tenemos cerca.
 
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